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Debate: Alguien ha escrito este enorme comentario en el post que publicamos "Linux, comunismo y teoría del valor", es muy largo por lo que no lo he publicado como comentario, supongo que ha sido una forma de hacernos llegar el artículo, así que lo publico para aquellos que gusten de una lectura culta sobre política.
Código abierto para los sistemas operativos del planeta: ¿una metáfora de las nuevas instituciones?
Colectivo Política en Red
Marco Berlinguer: La importancia de las analogías y las metáforas del mundo de la tecnología de la información a la hora de replantear las instituciones ha sido un tema recurrente de nuestros debates. Nos centraremos en una de ellas y le pediremos a Brian que nos haga una breve presentación partiendo de su sugerencia de ‘Linux para los sistemas operativos del planeta’.
Brian Holmes. La idea que quería transmitir con el lema ‘Linux para los sistemas operativos del planeta’ era la de usar procesos de cooperación estructurados para rediseñar los sistemas operativos de un planeta que está en peligro.
Pero, para empezar, debería explicar por qué el sistema operativo libre Linux es una fuente tan rica de metáforas. ‘Libre’, en este contexto, significa que se mantiene en un estado de ‘código abierto’, por lo que cualquiera pueda utilizar y alterar el código fuente para adaptarlo a nuevos proyectos, siempre que éstos sigan siendo, a su vez, libres y abiertos para otros usuarios.
Linux es, sin duda, una iniciativa de gran complejidad tecnológica
y, aunque la mayoría de la gente sabe que es libre, también sabe que es
tremendamente complicado; basta con mirar todas esas líneas de códigos
para sentirse intimidado sólo con hablar del tema. Pero recordemos cómo
se creó este sistema operativo, porque es una historia muy bonita y
puede convertirse en un pilar para la comunicación entre todos nosotros
a escala mundial. (De hecho, el software libre, en su sentido más
amplio, ya se ha convertido en un pilar porque la mayoría de servidores
web lo usan, incluso los comerciales).
Linux empezó a partir de una invitación a participar en un proyecto
simplemente por diversión y curiosidad. Pero también surgió en
respuesta a un típico plan de privatización capitalista. Las grandes
empresas (llamémoslas Microsoft e Intel) estaban fabricando un nuevo
tipo de chip para los ordenadores personales en que era imposible
instalar el sistema operativo Unix, un sistema que se utilizaba de
forma libre y generalizada en las universidades públicas. A ninguna
persona de estas grandes empresas se le pasó nunca por la cabeza que se
pudiera rescribir un sistema de tipo Unix para estos nuevos chips,
porque eso supondría miles de horas de programación y sólo las grandes
empresas disponen de tanto tiempo para estas cosas. Así que contaban
con tener un monopolio y aprovecharlo, imaginando que no tendrían
ningún competidor. Pero una persona, Linus Torvalds, tuvo la idea de
escribir una pequeña parte del código necesario y, después, lanzarlo a
internet diciendo a los demás: aquí tenemos un principio; si todos
vosotros creáis otras partes, pronto tendremos el núcleo de un sistema
operativo libre para poder seguir haciendo las cosas que queremos
hacer. Y la gente respondió. Poco a poco fueron escribiendo el sistema
núcleo y, desde el principio, utilizaron herramientas de otro proyecto
de software libre llamado GNU, que aún no había terminado su núcleo. Y
aún más: GNU ya contaba con un contrato legal especial denominado
Licencia Pública General (GPL por sus siglas en inglés), que establecía
que todo código libre debía mantenerse en ese estado, como código
abierto. Como resultado de todo esto, hoy día contamos con decenas,
quizá centenares, de distintas distribuciones –o ‘sabores’– del sistema
operativo GNU/Linux básico, adaptado para distintos fines. La que yo
utilizo, por ejemplo, se llama Ubuntu, una versión que se creó para
gente con muy pocos conocimientos informáticos. Cuenta con el apoyo de
una fundación muy comprometida cuyo objetivo es difundir lo que
denominan ‘Linux para seres humanos’.
En esta historia, hay otro aspecto importante. Los desarrolladores que
crean nuevas aplicaciones para Ubuntu o cualquier otra distribución de
Linux utilizan una base de datos web llamada Sourceforge, que sirve
básicamente para poder hacer un seguimiento de los cambios que se hacen
continuamente a determinados proyectos cooperativos. Esto significa que
cada uno de los desarrolladores puede introducir los cambios que desee
pero, a la vez, puede consultar el estado de los proyectos colectivos.
Por tanto, puede ver en qué ámbitos sería más útil su trabajo, y
disfrutar del verdadero placer de hacer algo que nunca podría hacer
solo: ayudar a ofrecer herramientas prácticas para que las usen cientos
de miles, quizá millones, de personas. Cada vez que instalo una nueva
herramienta en mi ordenador, lo que veo no es la cara de una mercancía,
en forma de una exigencia monetaria que, a la vez, me obligará a hacer
un trabajo aún más alienante. Lo que veo es el generoso resultado del
esfuerzo de miles de personas, y eso es algo que admiro y que me llena
de alegría.
La metáfora del ‘código abierto para los sistemas operativos del
planeta’ es una forma de evocar e ilustrar la posibilidad de encontrar
múltiples soluciones a partir de recursos comunes. Significa que las
comunidades pueden tomar ideas básicas y adaptarlas a las
circunstancias locales, creando soluciones a medida, dependiendo de sus
problemas concretos y las capacidades colectivas reales de cada
situación. Pero esas soluciones serían, a su vez, fuentes abiertas como
una base de conocimiento que otros pueden usar y adaptar. Por tanto, la
metáfora apunta también al proceso y la necesidad de que las personas
constituyan el archivo del conocimiento para poder seguir la evolución
de los proyectos y abrir las posibilidades de participación, pero sin
ningún intento de controlar lo que se hace. Eso es lo que ya estamos
consiguiendo con los intercambios de conocimientos y experiencias a
través del proceso del foro social, y este enfoque está en la misma
línea que esa idea más general de una nueva racionalidad ecológica: una
forma sofisticada, integral, solidaria y directamente democrática de
utilizar conjuntamente nuestras mentes y nuestros corazones para cuidar
este mundo frágil en el que vivimos. Supongo que ese es uno de los
objetivos principales para la producción cultural e intelectual de la
izquierda actualmente.
Esta idea procede de lo que hemos observado en nuestro grupo de trabajo
sobre movimientos y redes. Uno de los muchos grandes problemas que
afectaron al último ciclo de protestas globales fue lo que denominamos
‘la culturalización de las luchas’, es decir, el que la gente se
estuviera dedicando a analizar y simbolizar las luchas en museos,
universidades, etc., igual que estamos haciendo nosotros ahora mismo.
Sin embargo, al reflexionar sobre la cuestión, llegamos a la conclusión
que ésta era también una fuente de fuerza: ahora son muchas las
personas que están intentando elaborar formas de conocimiento que
puedan responder a las dificultades a las que nos enfrentamos al
cambiar situaciones reales.
Sabemos que ahora hay muchas personas trabajando para intentar
transformar el proceso político y la economía, pero las herramientas de
las que disponen no siempre son lo suficientemente eficaces. Las
herramientas de todo tipo, tanto conceptuales como prácticas, siempre
son importantes, pero puede que lo sean más en estos momentos. El
futuro es sombrío, y es evidente que se va a producir algún tipo de
crisis a corto o medio plazo. Si, para entonces, ya hemos desarrollado
un profundo conocimiento social y unas herramientas prácticas listas
para ser utilizadas, será tremendamente útil. Ya hoy día, hay mejores
ideas que están arraigando y se están aplicando con muy buenos
resultados en aquellos lugares donde la pobreza y los problemas
sociales son tan acuciantes que el sistema capitalista, con su
producción endémica de desigualdades, se rompe. Es nuestra
responsabilidad prepararnos para las crisis que se avecinan. Y si
reflexionamos sobre los significados de la metáfora, ‘Linux para los
sistemas operativos del planeta’, puede que veamos el camino por el que
ya estamos caminando algo más claro.
Jamie King. Debemos recordar que, a diferencia del código, el esfuerzo
y el trabajo humanos son recursos finitos. Una vez se ha elaborado un
fragmento de código, tiene una portabilidad que no comparten los
procesos políticos. Por ejemplo, según lo estipulado por la licencia
GPL, aquel que desee dar a un proyecto una dirección distinta puede
reproducir una parte del código y hacer con ella lo que quiera. Los
creadores no pierden código, ya que se trata de un recurso rival. Pero
no se puede decir lo mismo de los procesos políticos, ya que la gente
que abandona un proceso reduce, debilita dicho proceso en la medida en
que retira un trabajo que no es replicable. Esto es hablando en
términos muy generales, por supuesto; hay partes del proceso político
que son replicables, como documentos, artículos, etc., pero, en gran
medida, es cierto. Los seres humanos no son replicables, incluso cuando
se reproducen, y su trabajo es sin duda finito y valioso.
Brian Holmes. Sí. He utilizado un lema, y además un lema que incluye el
nombre de una marca. No habría que olvidar que, aunque sigan siendo de
código abierto, algunas de las distribuciones de Linux están concebidas
específicamente para su integración en la producción capitalista y para
conseguir grandes beneficios. Así, tras el lema y el nombre de la marca
se esconde un contexto mucho más amplio que, evidentemente, implica
compromiso. Pero la sociedad está llena de impurezas, ¿no? Y lo
interesante del lema es que no hay un único sistema operativo. Los
problemas ecológicos, los problemas de los sistemas orgánicos, son
múltiples: tenemos ecología humana, ecología medioambiental, ecología
energética, la ecología de las relaciones laborales; todas ellas
constituyen un sistema completo en sí pero, a la vez, forman también
parte del mayor sistema de todos los existentes, el planeta Tierra, que
siempre nos trasciende, que siempre va más allá de lo que podemos
concebir. Coincido en que no es cuestión de exportar el mismo modelo a
todos los lugares, porque no hay ningún modelo que pueda aplicarse a
todo. Pero quizá también sea bueno encontrar fuentes de inspiración
concretas en otros…
Mayo Fuster. En el ámbito del desarrollo de software libre, hay una
práctica que se denomina forking, que podría traducirse como
bifurcación o ramificación. Este término se utiliza para describir
aquella situación en que el proceso genera una réplica de sí mismo que
se convierte en autónoma, y que después se va desarrollando sin chocar
con el proyecto ‘madre’ ni oponerse a él. El forking es posible porque
el código es abierto. El software se deja abierto con el objetivo de
que cuando una comunidad de desarrolladores no quiera ir en la misma
dirección, pueda tomar otro camino –dividirse de hecho– creando una
bifurcación, una copia del software, y después desarrollarlo siguiendo
otra vía. Al mismo tiempo, se deja abierta la posibilidad de cooperar.
Creo que existe un paralelo entre esta práctica tecnológica y el modelo
organizativo que está surgiendo de los movimientos sociales. Al menos,
esa es mi experiencia en el caso concreto de los movimientos sociales
en Barcelona. Los movimientos sociales rechazan la necesidad de contar
con instituciones permanentes. Todos los intentos para establecer un
espacio fijo de coordinación en Barcelona han fracasado. En lugar de
ello, lo que funciona es una lógica de flexibilidad. Hay momentos de
confluencia masiva en torno a un mismo objetivo –por ejemplo, acciones
relacionadas con la cumbre del Banco Mundial– y, después, momentos en
que se vuelve a la acción descentralizada. Esto entraña construir
nuevas estructuras que se adapten al objetivo común más inmediato en
lugar de establecer estructuras monolíticas. Y lo que posibilita esta
lógica organizativa son unas herramientas de comunicación eficaces y
métodos para acumular el conocimiento como, por ejemplo, directorios de
grupos para que la gente se pueda poner en contacto entre sí siempre
que sea necesario, sin tener que recurrir a estructuras centralizadas.
Hilary Wainwright. Me gustaría elaborar una idea a partir de los
diversos principios que se derivan de estas metáforas de la tecnología
de la información. La idea que me choca de forma más inmediata es la de
que dividir no es lo mismo que restar, que llevarse algo. Yo no sería
tan prudente como Jamie en este sentido. Según él, el esfuerzo humano,
el trabajo y los recursos dedicados a la política son finitos, a
diferencia de los programas y códigos, y por lo tanto, en los
movimientos por la transformación política, dividir es, muy
probablemente, sinónimo de restar. Aunque ese razonamiento tiene algo
de lógica, en realidad, cuanto más creativa es nuestra imaginación
política –o, siguiendo con la metáfora de Linux, cuanto más nos
bifurcamos y colaboramos para elaborar innovaciones y códigos políticos
innovadores–, más probabilidades tenemos, como movimientos, de llegar a
esas enormes reservas de energía política transformadora que en estos
momentos permanecen en estado latente.
Las metáforas sobre código abierto pueden ayudar a liberar a la
imaginación política de una mentalidad que tiende a pensar en términos
de concentración de poder. Cuanto más nos alejemos de la concepción de
la política como profesión y nos dirijamos hacia una concepción de la
política como proceso transformador que empieza por nosotros mismos y
por nuestra vida cotidiana, mayores serán las posibilidades. Los
socialistas libertarios han insistido durante mucho tiempo en la idea
de que hay muchas vías para alcanzar un mismo objetivo. Edward
Carpenter, un socialista libertario de fines del siglo XIX, hablaba de
cómo la gente podía alcanzar el destino del socialismo por medios muy
distintos. Y ya en una época anterior, las palabras de P. B. Shelley,
el poeta romántico y revolucionario inglés, nos sirven de inspiración
para pensar en posibilidades divergentes y, a la vez, emancipadoras.
Así, escribiendo un poema que trata en apariencia sobre el amor, deja
entrever también otros temas más amplios:
El verdadero amor en esto se distingue del oro y la arcilla
En que dividir no significa restar.
El amor es como el entendimiento, que crece brillante,
Mirando a muchas verdades; y así es como iluminan
La imaginación, que desde la tierra y el cielo,
Y desde las profundidades de la fantasía humana,
Como desde miles de prismas y espejos, llena
El Universo con rayos gloriosos…
La inspiración que ofrece el software de código abierto, no sólo para
reconocer la posibilidad de muchos caminos, sino también para pensar
sobre ellos en el contexto de un sistema vivo, nos proyecta hacia
nuevas formas de pensar sobre métodos autorregulados de interconexión,
coordinación y cooperación.
La política, de hecho, ha estado demasiado tiempo anclada en la
metáfora de la arcilla, dando por sentado que, independientemente del
contexto, sólo existe una forma. Pongamos como ejemplo el movimiento
contra la guerra en el Reino Unido. En él, se observa una fuerte
tendencia política que defiende constantemente la organización de
manifestaciones en Londres y considera que las demás actividades, como
las acciones contra las bases estadounidenses, son fuente de
divisiones. En cambio, si se guiaran por una mentalidad como la de
Shelley, una mentalidad de código abierto, verían que todas estas
acciones no restan. Si estas acciones estás impulsadas y acompañadas
por formas de cooperación, se generarán combinaciones creativas que
activarán muchas energías que un único punto de atención jamás habría
despertado.
Esto me lleva a preguntarme hasta dónde nos lleva la metáfora. ¿Qué hay
de los procesos de selección, coordinación y agregación? Después de que
los nuevos códigos, los miles de prismas y rayos gloriosos, hayan
revelado sus posibilidades, ¿qué nos pueden enseñar las metáforas
tecnológicas sobre estas difíciles cuestiones?
Christophe Aguiton. Estas metáforas suponen un estímulo muy interesante
y útil porque en la historia de la izquierda, de los movimientos
progresistas, siempre hemos tenido metáforas.
Siendo muy esquemáticos: en el siglo XIX, para Marx, Proudhon o
Bakunin, el cooperativismo era la principal herramienta para construir
el socialismo. Es algo que se puede ver en el discurso inaugural de
Marx para la fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores y
en la Crítica del programa Gotha. Después, se observa una visión muy
distinta que aparece a principios del siglo XX; tras el derrumbe del
primer caso de globalización capitalista. La declaración política más
divertida que he oído en mi vida fue escrita por Karl Kautsky en 1907 a
propósito de una polémica sobre el socialismo: “El socialismo es la
administración ferroviaria a escala de la sociedad”. La metáfora de la
administración ferroviaria nos ofrece una idea muy ilustrativa del
socialismo en el siglo XX; una visión socialista para la que la
principal herramienta con que cambiar la sociedad era el Estado. Si
analizamos las ideologías de la izquierda durante el siglo XX –el
keynesianismo, el fordismo o la planificación soviética–, veremos que
todas otorgan al Estado un papel protagonista. Y ahora, podemos usar la
metáfora de Linux como fuente de inspiración para concebir otra forma
de trabajo cooperativo.
La metáfora de Linux resulta útil para acentuar el contraste con la
visión implícita del socialismo del siglo XX. Presenta una visión más
realista de la era actual, ya que transmite en cierta medida un híbrido
entre los tres niveles que acabo de describir: las formas tradicionales
de cooperativismo, el Estado y las formas de cooperación inspiradas en
la tecnología de la información. Todos nosotros redescubrimos el
cooperativismo con el ejemplo de los trabajadores sin tierra en Brasil.
Sabemos que necesitamos un Estado para muchas cosas, pero la metáfora
de Linux ofrece una idea interesante para un nuevo sistema de
cooperación.
Pero sigamos trabajando sobre esta metáfora, y profundicemos con mayor
detalle en este modelo de Linux para intentar responder la cuestión...
La primera cosa útil que conviene saber es lo que Eric Raymond denomina
‘el bazar frente a la catedral’. A fines de los años noventa, escribió
un libro muy interesante en que comentaba que, para él, el bazar
funcionaba muy bien para compartir shareware, freeware y otros tipos de
software sencillos a pequeña escala; pero que, para los grandes
sistemas, como los sistemas operativos, pensaba que necesitábamos un
arquitecto que diseñara esa máquina tan grande y compleja, como una
catedral. Sin embargo, al trabajar con el proyecto Linux, descubrió que
era posible elaborar sistemas grandes y complejos utilizando la lógica
del bazar.
El segundo principio que podría ser útil está en lo que Marcel Mauss
denominaba el principio del don y el ‘contradón’. En el ámbito de los
desarrolladores individuales de la comunidad del software libre, así
como en el de las empresas, la lógica del don y el contradón está muy
extendida. Por ejemplo, entre los mayores usuarios de software libre se
encuentran Sun Microsystems e IBM. Y estas grandes empresas también
están desarrollando software libre porque piensan que, como
contrapartida, obtendrán de la comunidad del software libre
herramientas que los ayudarán a crear alternativas buenas y económicas
a Microsoft. Esta lógica del don y el contradón es interesante a la
hora de intentar comprender las relaciones entre personas en las
comunidades de desarrollo, como el caso de Debian ().
Además de lo mencionado, un tercer nivel del debate atañe a las
instituciones relacionadas con Linux. Al tratar cuestiones en materia
de regulación, evaluación, memoria, etc., nos enfrentamos a una serie
de problemas que son interesantes pero complejos. El primero de ellos
parece sencillo aunque resulta, en realidad, el más difícil: ¿Qué tipo
de herramienta puede facilitar esta cooperación? ¿Cómo se puede regular
el bazar? Porque, en un bazar, hay alguien que te da la posibilidad de
establecer tu parada o lo que sería su equivalente. Sigue habiendo
alguna persona u organización encargada de organizar el espacio.
El segundo problema interesante consiste en analizar las instituciones
y la gobernanza de internet para ver si es posible aplicar la lógica de
la horizontalidad en todos los niveles. En Francia –y seguramente en
muchos otros lugares– se está desarrollando un intenso debate sobre la
gobernanza de internet. Hay personas muy entusiastas y otras muy
críticas. ICANN (siglas en inglés de la Corporación de Internet para la
Asignación de Nombres y Números) ha sido blanco de duras críticas, pero
no deberíamos olvidarnos de examinar el papel de IETF (siglas en inglés
de Grupo de Trabajo en Ingeniería de Internet). Ésta última es una
organización que establece las normas para internet, pero que funciona
con un sistema totalmente descentralizado y por consenso. Todo el mundo
puede formar parte de ella: empresas, gobiernos, ONG, personas a título
personal. En las reuniones, tanto presenciales como virtuales, todas
las decisiones se deben tomar por consenso, y funciona bastante bien.
Pero si miramos la junta de la organización, descubriremos que entre
sus 12 miembros se encuentran ocho estadounidenses, un chino (que vive
en California) y dos europeos, también vinculados al ámbito de la
investigación estadounidense. Creo que sólo hay una persona procedente
de otro lugar del mundo.
El IETF es un buen ejemplo de institución internacional que funciona
perfectamente con un sistema totalmente horizontal. Pero con una
cultura común... que es norteamericana, por supuesto. Pero se trata más
de una cultura común que de una ‘toma de control’ por parte del
Gobierno de los Estados Unidos. En general, valdría la pena intentar
ver si este tipo de institución ofrece una buena respuesta a cuestiones
de co-orientación y regulación, cuestiones de gobernanza. Una de las
contrapropuestas clásicas al modelo del IETF dice: tomemos a todos los
Estados nación y creemos una especie de ONU para internet. Pero no
estoy seguro de que ese sistema fuera mejor ni ‘más democrático’.
Y, para acabar, otro problema que tampoco es sencillo. Aunque se
aplique la lógica del don y el contradón, es evidente que ni IBM ni Sun
Microsystems son Cáritas. Son grandes empresas y debemos aceptarlo.
¿Qué otras respuestas podemos dar? Existe una idea, influenciada por
los escritos de Antonio Negri, de un sueldo universal para todo el
mundo y, después de eso, la cooperación desinteresada. Pero esa idea no
es tan fácil de alcanzar y, de todos modos, no creo que sea tan buena.
Jaume Nualart. Estamos hablando más de símiles que de metáforas. Los
métodos de trabajo basados en el software libre son ya una realidad. En
los últimos tres o cuatro años, el fenómeno de las comunidades de
software libre se ha exportado a otros modos de producción cultural,
con la aparición de música, vídeos y libros publicados con licencias de
Creative Commons.
El uso de Linux como etiqueta con la que atraer a la gente no es mala
idea. Pero Linux no se refiere a ninguna comunidad concreta ni a una
determinada forma de organizarse. Puede que el software libre fuera el
principio (‘en el principio fue la línea de comandos’), pero ahora hay
que muchos programadores que hablan de cultura libre, dentro de la que
entraría, como un método entre muchos otros, el desarrollo de software
libre. En lugar de decir que soy programador, diría que soy colaborador
del conocimiento o cultura libres.
Moema Miranda. Me preocupa el hecho de que sobrevaloremos esta
dimensión de nuestro pensamiento sobre las nuevas tecnologías y las
redes por dos motivos principales. En primer lugar, corremos el riesgo
de acabar mezclando conceptos tan distintos como ‘movimeintos’, ‘redes’
y ‘FSM’ de una forma que no veo nada clara. Cada uno de estos
elementos, aunque mantengan un diálogo, tiene realidades,
sensibilidades y objetivos distintos. Utilizar la metáfora de la red e
internet como principal punto de referencia para nuestra reflexión
puede conducir a confusiones si no disponemos de un mecanismo para
controlar e incluir la diversidad. Por ejemplo, la Alianza Social
Continental () no es una red o un movimiento parecido al FSM. ¿Cómo
deberíamos tratar cada elemento, con sus singularidades, y utilizar esa
diversidad para alimentar nuestro debate y nuestra búsqueda de una
mejor interpretación de los acontecimientos políticos de nuestros
tiempos? Otro factor fundamental es la realidad de la exclusión
digital... o las dificultades que experimentamos muchos de nosotros a
la hora de participar en procesos de diálogo que se basan en gran
medida en el uso de esas herramientas. Si damos prioridad al
ciberespacio, ¿cómo podemos crear vínculos y articulaciones fuertes con
otras dinámicas que permitan la interacción con el mundo que queda más
allá de lo virtual?
Ángel Calle. Me gusta la idea de usar metáforas porque tienen mucha
fuerza; pensemos, por ejemplo, en la mano invisible de los
neoliberales. Pero, desde otro punto de vista, no podemos darnos por
satisfechos por haber encontrado una metáfora o un formato.
Sencillamente, no basta con pensar en contenedores metodológicos. Como
personas, tenemos más recursos comunes sobre los que basar la búsqueda
de conceptos y visiones comunes, como el lenguaje, los sentimientos y,
sobre todo, el formato a través del que definiríamos las normas
comunes: la ética.
En segundo lugar, un sistema cooperativo no garantiza que tengas una
panorámica global. En este mundo interconectado, nunca dejaremos de
encontrarnos frente a problemas locales o temáticos.
En tercer lugar, ¿cómo vamos a fomentar el cambio transformador? ¿Cómo
se va a desarrollar y a promover? Debemos analizar muy de cerca las
experiencias existentes y reflexionar sobre ellas. Por ejemplo, ¿cómo y
por qué la gente se pasa de Windows a Linux?
Además, no deberíamos entusiasmarnos demasiado con el uso de una
metáfora, de un lenguaje, porque el mundo ya está lleno de propuestas
basadas en diversos lenguajes. Por ejemplo, los lenguajes de los
indígenas en Bolivia y Venezuela son muy distintos de los adoptados por
los movimientos de base europeos. De modo que no es cuestión de
establecer un único lenguaje, sino de cómo generar traducciones entre
lenguajes emancipatorios. Finalmente, deberíamos preguntarnos cómo debe
funcionar un nuevo lenguaje. ¿Qué constituiría su gramática común?
Por todos estos motivos, yo prefiero utilizar el concepto de democracia
radical, porque, a veces, metáforas como ‘Linux’ están bastante
arraigadas en un mundo al que no puede acceder la mayoría de las
personas
Dominique Cardon. Me gustaría añadir un pequeño punto al uso que hace
Christophe de la metáfora de Linux para la organización de los
movimientos sociales. Una cosa que me sorprende cuando estudiamos la
comunidad Linux es que es un bazar muy curioso, porque entraña una
aportación individual. No hay un programa establecido que exija a nadie
realizar una determinada tarea o contribuir con una parte concreta del
software. Cada uno hace lo que quiere. No hay una fórmula que se deba
seguir. Se trata realmente de un sistema autoorganizado, en que tú
mismo decides realizar una aportación concreta al programa. El control,
la integración o el reconocimiento de lo que has hecho por parte de la
comunidad se produce después de que hayas presentado tu propuesta. Así
que haces lo que quieres, y todo el mundo puede ver lo que has hecho y,
después, decidir si es una buena solución y se debería integrar en el
colectivo.
En cierto sentido, utilizamos este ejemplo cuando analizamos el
funcionamiento de los foros sociales, porque éstos constituyen un
sistema con un importante elemento de autoorganización, donde cada uno
llega y dice “quiero organizar este tipo de taller, este tipo de
seminario o este tipo de movilización”. No hay un programa general
acordado por un grupo de representantes que decida “hablaremos sobre
tal y tal tema”, sino que cada uno propone temas, agendas y campañas
distintos. Así que se trata del mismo tipo de cooperación, donde varias
organizaciones y movimientos sociales deciden lo que quieren proponer.
Pero no disponemos de la segunda etapa de la colaboración de Linux, es
decir, la valoración y evaluación pública y colectiva de lo que se ha
hecho y dicho en el foro. No tenemos una evaluación que pregunte: ¿Qué
se está haciendo? ¿Qué se está proponiendo? ¿Cuál es la agenda de todas
esas personas que desean contribuir al foro? Podríamos mejorar los FSM
organizando una reflexión y memoria colectiva de lo que se ha dicho,
una evaluación colectiva de lo que se ha dicho para crear un lenguaje
común para el foro. Sólo así podríamos adoptar una forma de
organización como la de Linux para los FSM.
En los debates del FSM, se habla mucho sobre las propuestas y
estrategias del movimiento altermundialista. Pero sabemos que es
imposible dejar que un grupo de personas decida estos aspectos
estratégicos en nombre de todo el movimiento. Por ese motivo, la
metáfora de Linux podría ser muy útil para definir un proceso colectivo
de evaluación y coordinación de aportaciones individuales. Es ahí donde
aparecen ciertas herramientas técnicas, como el espacio de trabajo del
FSM o algunos nuevos desarrollos Web 2 como Folksonomy. Pero las
herramientas técnicas no son soluciones políticas. También necesitamos
una definición común de los procesos de discusión que se pueda comparar
con lo que sucede en la comunidad del software libre al utilizar una
metodología de consenso para tomar decisiones.
Christophe Aguiton. Cuando describí la metáfora de Linux aludiendo a
los principios del don y el contradón, y del bazar frente a la
catedral, se me olvidó mencionar un tercer principio de gran
importancia: la ampliación del dominio de los bienes comunes. Y, de
hecho, se trata de un punto clave. Es eso a lo que se refiere Richard
Stallman cuando habla del software libre como un bien común de la
humanidad. Esta idea de ampliar el dominio de los bienes comunes
representa una dimensión vital de la metáfora de ‘Linux para los
sistemas operativos del planeta’. Todo empezó con el software libre, y
después se extendió al trabajo de Lawrence Lessing y muchos otros en la
elaboración de Creative Commons para la creación intelectual, la
investigación artística y las obras escritas. Cada vez es más frecuente
abordar el problema de las patentes.
Si indagamos en el por qué se crearon las patentes en el siglo XIX,
veremos que en aquel momento se adujeron dos razones. La primera era
que los inventos se hicieran públicos: si diseñabas una botella, tenías
que hacer saber a los demás cómo la hiciste. Pero la segunda intención
era para proteger a los pequeños diseñadores o inventores frente a la
gran empresa. En cambio, hoy día, las patentes se utilizan justo al
revés. Están pensadas para que nadie más pueda entenderlas y, por lo
general, para que las grandes empresas puedan mantener su poder sobre
las pequeñas empresas o los países del Sur. Si empiezas a hablar con la
gente que trabaja en la industria, en la industria productiva, no en la
industria de lo inmaterial, te explicarán que ahora, más que patentes,
la gente compra conocimientos y asesoramiento. El precio real de la
patente es, de hecho, esa consultoría, porque las patentes no son
comprensibles. Y, seguramente, aquí tenemos un campo de ‘bienes
comunes’ que se podría ampliar muchísimo. No lo solucionaremos todo,
pero abrirá muchos caminos para reflexionar sobre la idea de otra
sociedad.
Gracias a quien envió este artículo, aunque no sé quien pues firma como "Colectivo Política en Red" pues a ellos dirijo mis agradecimientos. Es una lectura larga, y cargada de información que merece la pena leer, pero que tendreis que leer con tranquilidad si os interesa conocer más sobre este campo.
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